Carl Gustav Jung
Psiquiatría para tratar los ataques de pánico
Según el NIMH (National Institute of Mental Health), no todas las personas que tienen un ataque de pánico desarrollan un trastorno de pánico, pero cuando las crisis se repiten y aparece un miedo persistente a que vuelvan a ocurrir, pueden condicionar de forma importante la vida diaria.
A nivel internacional, los ataques de pánico son relativamente frecuentes. Se estima que en Europa alrededor del 3% de la población puede presentar un ataque de pánico en un año.
¿Qué son los ataques de pánico?
Un ataque de pánico es una crisis brusca de miedo o malestar intenso que alcanza su máxima intensidad en pocos minutos. Durante ese episodio, la persona puede sentir que está perdiendo el control, que va a desmayarse, que le está dando un infarto o que algo grave está a punto de ocurrir.
Aunque los síntomas pueden ser muy angustiosos, un ataque de pánico no suele poner en peligro la vida. El problema aparece cuando la persona empieza a vivir pendiente de sus sensaciones corporales y desarrolla miedo a que la crisis vuelva a repetirse.
El trastorno de pánico se diagnostica cuando los ataques son recurrentes e inesperados, y se acompañan durante al menos un mes de preocupación persistente por tener nuevas crisis, miedo a sus consecuencias o cambios de conducta para intentar evitarlas.
Diferencia entre ataque de pánico y trastorno de pánico
Un ataque de pánico puede aparecer de forma aislada en un momento de estrés, agotamiento, sobrecarga emocional o consumo de determinadas sustancias. Tener una crisis puntual no significa necesariamente tener un trastorno de pánico.
Hablamos de trastorno de pánico cuando las crisis se repiten y la persona empieza a vivir condicionada por ellas. Por ejemplo, puede evitar conducir, coger el transporte público, entrar en centros comerciales, hacer ejercicio, viajar, quedarse sola o acudir a lugares donde cree que no podría recibir ayuda.
También es frecuente que aparezca ansiedad anticipatoria, es decir, miedo a que vuelva a ocurrir un nuevo ataque. En algunos casos, este patrón se relaciona con la agorafobia, cuando la persona evita lugares o situaciones por miedo a no poder escapar o recibir ayuda si aparecen síntomas de pánico.
¿Por qué tienes ataques de pánico?
Las causas de los ataques de pánico pueden ser variadas, y normalmente no responden a un único factor. Pueden influir elementos biológicos, psicológicos y contextuales. Entre los factores más frecuentes encontramos:
- Predisposición familiar o genética: algunas personas tienen mayor vulnerabilidad a desarrollar trastornos de ansiedad.
- Sensibilidad a las sensaciones corporales: ciertos cambios físicos, como palpitaciones, mareo o falta de aire, se interpretan como señales de peligro.
- Estrés mantenido: etapas de sobrecarga laboral, conflictos personales, duelos, cambios vitales o falta de descanso pueden favorecer la aparición de crisis.
- Experiencias traumáticas: determinadas vivencias pueden dejar al sistema nervioso en un estado de alerta más elevado.
- Consumo de sustancias: alcohol, cannabis, cocaína, estimulantes o exceso de cafeína pueden precipitar o agravar los ataques.
- Otros trastornos asociados: ansiedad, depresión, trastorno obsesivo compulsivo, estrés postraumático, trastorno bipolar o problemas de salud física pueden coexistir con el pánico.
En consulta, es importante entender qué función está teniendo el síntoma, cuándo comenzó, qué lo mantiene y qué consecuencias está generando en la vida de la persona.
¿Cómo puedes identificar los ataques de pánico?
Los síntomas de un ataque de pánico pueden variar de una persona a otra, pero suelen aparecer de forma brusca y con mucha intensidad. Los más frecuentes son:
- Palpitaciones o sensación de que el corazón late muy rápido.
- Dolor, presión u opresión en el pecho.
- Sensación de falta de aire o de ahogo.
- Mareo, inestabilidad o sensación de desmayo.
- Sudoración, temblores o escalofríos.
- Hormigueo o entumecimiento en manos, cara u otras partes del cuerpo.
- Náuseas o molestias digestivas.
- Sensación de irrealidad o desconexión.
- Miedo a morir, a perder el control o a “volverse loco”.
Muchas personas acuden a urgencias pensando que están sufriendo un problema cardíaco o respiratorio. Por eso, cuando los síntomas aparecen por primera vez, son muy intensos o cambian respecto a crisis anteriores, es importante realizar una valoración médica adecuada para descartar otras causas.
¿Cómo se tratan los ataques de pánico?
El tratamiento de los ataques de pánico depende de la frecuencia de las crisis, del grado de evitación, de la ansiedad anticipatoria y de la presencia de otros problemas asociados. En general, el abordaje puede incluir:
- Psicoterapia: la terapia cognitivo-conductual cuenta con evidencia en el tratamiento del trastorno de pánico. Ayuda a comprender el funcionamiento de las crisis, reducir el miedo a las sensaciones corporales y recuperar progresivamente situaciones evitadas.
- Exposición interoceptiva y conductual: permite trabajar de forma gradual el miedo a determinadas sensaciones físicas y a situaciones que la persona ha empezado a evitar.
- Tratamiento farmacológico: en algunos casos pueden indicarse antidepresivos como los ISRS o IRSN, especialmente cuando las crisis son frecuentes, existe mucha ansiedad anticipatoria o el problema está limitando de forma importante la vida diaria.
- Uso prudente de ansiolíticos: las benzodiacepinas pueden aliviar síntomas de forma rápida en situaciones concretas, pero no deberían convertirse en el tratamiento principal del trastorno de pánico por el riesgo de tolerancia, dependencia y mantenimiento de la evitación.
- Hábitos de salud: dormir adecuadamente, reducir estimulantes, cuidar el consumo de alcohol y cafeína, hacer ejercicio de forma progresiva y mantener una rutina estable puede ayudar, aunque no sustituye a un tratamiento profesional cuando el problema está consolidado.
El objetivo no es solo reducir las crisis, sino que la persona deje de organizar su vida alrededor del miedo a tener otro ataque.
¿Qué voy a mejorar tratando el TOC?
Abordar el TOC con ayuda profesional y de la manera adecuada puede:
- Mejorar la calidad de vida reduciendo la interferencia de las obsesiones y compulsiones en las actividades diarias.
- Disminuir la ansiedad y el malestar permitiendo a la persona sentirse más tranquila y en control.
- Favorecer las relaciones interpersonales al reducir comportamientos inadecuados socialmente.
- Aumentar la productividad mejorando la capacidad para concentrarse y completar tareas sin interrupciones por rituales compulsivos.
¿Cuándo acudir a un psiquiatra por ataques de pánico?
Consultar con un psiquiatra es recomendable cuando:
- Los ataques de pánico se repiten o aparecen de forma inesperada.
- Vives con miedo constante a que vuelva a ocurrir una crisis.
- Has empezado a evitar lugares, viajes, reuniones, transporte público o situaciones cotidianas.
- Necesitas ir acompañada para sentirte segura.
- Has acudido varias veces a urgencias por síntomas físicos sin una causa médica clara.
- Estás tomando ansiolíticos con frecuencia o por tu cuenta.
- El pánico aparece junto con ansiedad, depresión, insomnio, consumo de alcohol u otras sustancias.
- Sientes que tu vida se ha reducido por miedo a perder el control.
Una valoración psiquiátrica permite diferenciar el trastorno de pánico de otros problemas con síntomas parecidos, descartar comorbilidades y establecer un plan terapéutico personalizado, con seguimiento médico continuado si es necesario.
¿Qué voy a mejorar tratando los ataques de pánico?
Un tratamiento adecuado de los ataques de pánico puede ayudarte a:
- Reducir la frecuencia e intensidad de las crisis.
- Disminuir el miedo a las sensaciones físicas.
- Recuperar actividades que habías empezado a evitar.
- Mejorar la autonomía para moverte, viajar o estar en determinados lugares.
- Reducir la ansiedad anticipatoria y la hipervigilancia corporal.
- Disminuir el uso inadecuado o excesivo de ansiolíticos.
- Mejorar el sueño, la seguridad personal y la calidad de vida.
Tratar los ataques de pánico no significa no volver a sentir ansiedad nunca más. Significa entender lo que ocurre, dejar de interpretar cada síntoma como una amenaza y recuperar la capacidad de decidir sin que el miedo organice tu vida.