«Si de verdad nos quisiera, dejaría de hacerlo«. «Me dice que soy lo más importante de su vida, pero siempre acaba eligiendo el alcohol«. «Ya no sé si me quiere o si simplemente me necesita«. Son frases que reflejan una situación muy dolorosa: querer a alguien que tiene una adicción y sentir que, por mucho que intentemos ayudarle, su comportamiento demuestra justo lo contrario de lo que nos dice.
Cuando una persona miente, incumple promesas, se distancia emocionalmente o continúa consumiendo a pesar del sufrimiento que provoca, es comprensible que sus familiares lleguen a preguntarse: ¿Los adictos no quieren a nadie? ¿Es posible que una persona con una adicción quiera de verdad a su pareja, a sus hijos o a su familia?
La respuesta es que tener una adicción no significa ser incapaz de querer. Pero hay algo que considero importante explicar: sentir cariño por alguien y ser capaz de cuidar una relación no son exactamente lo mismo. Una adicción puede alterar profundamente las prioridades y el comportamiento de una persona. Entender por qué sucede no significa justificar el daño que pueda causar, sino comprender qué está ocurriendo y qué posibilidades existen para cambiarlo.
¿Es verdad que las personas con adicciones no quieren a nadie?
No. Una persona con una adicción puede sentir amor, preocupación y afecto por quienes la rodean. La dependencia de una sustancia o de una conducta no elimina automáticamente esos sentimientos. Lo que ocurre es que, cuando la adicción adquiere un peso importante en la vida de alguien, sus decisiones pueden dejar de ser coherentes con lo que siente o con lo que realmente desea para su vida.
Imaginemos a un padre que quiere profundamente a sus hijos y que se propone no volver a beber. Durante unos días consigue mantenerse sin consumir, participa en la vida familiar y parece que las cosas empiezan a mejorar. Sin embargo, vuelve a beber y falta a un compromiso importante con ellos. ¿Significa eso que no los quiere? No necesariamente. Pero tampoco podemos ignorar el sufrimiento que ha provocado.
Esta es una distinción que me parece fundamental: la existencia de una adicción puede ayudar a explicar determinados comportamientos, pero no hace que sus consecuencias desaparezcan. Tampoco debemos interpretar todas las conductas de una persona únicamente a través de su adicción. Su personalidad, su historia, la situación que atraviesa y la posible presencia de otros problemas psicológicos o psiquiátricos también pueden influir en su manera de relacionarse.
Por eso, antes de afirmar que alguien no quiere a su familia, o de atribuir todo lo que hace a su enfermedad, necesitamos entender mucho mejor qué está sucediendo.
¿Por qué una persona con adicción puede hacer daño a quienes quiere?
Uno de los aspectos que caracterizan los trastornos adictivos es la dificultad para controlar el consumo o la conducta problemática, incluso cuando la persona es consciente de que le está causando consecuencias negativas.
En las adicciones a sustancias, por ejemplo, pueden producirse cambios en los sistemas cerebrales relacionados con la recompensa, la motivación y el autocontrol. Además, el deseo intenso de consumir, conocido como craving, puede adquirir una relevancia enorme en determinados momentos. Esto puede dar lugar a una contradicción difícil de comprender desde fuera: alguien puede querer dejar de consumir, desear recuperar la confianza de su familia y, aun así, volver a hacerlo.
No significa que todas sus decisiones estén fuera de su control ni que carezca de responsabilidad. Significa que existe un problema clínico que puede dificultar considerablemente el cambio y que, en muchos casos, requiere tratamiento.
Las mentiras, el ocultamiento y la pérdida de confianza
Una de las situaciones más difíciles para los familiares es descubrir que la persona ha vuelto a mentir. Puede ocultar cuánto ha bebido, negar que ha consumido una sustancia, esconder gastos relacionados con el juego o asegurar que lleva semanas sin hacerlo cuando no es cierto. Pero, ¿por qué ocurre?
En algunas personas, el ocultamiento aparece por vergüenza, miedo a las consecuencias o dificultad para reconocer la gravedad del problema. En otras, puede estar relacionado con el intento de mantener el consumo evitando la oposición de su entorno. Pero quiero señalar algo importante: mentir o manipular no son características inevitables de todas las personas con adicciones. No debemos convertir determinados comportamientos en una etiqueta que aplicamos automáticamente a cualquiera que tenga este diagnóstico.
Y, desde el punto de vista de quien sufre esas mentiras, tampoco basta con conocer sus posibles causas. Si una pareja ha perdido la confianza después de numerosos engaños, no podemos pedirle que vuelva a confiar simplemente porque ahora comprende mejor la enfermedad. Recuperar esa confianza exige cambios reales, mantenidos en el tiempo.
La culpa, la vergüenza y la dificultad para reconocer el problema
Hay personas que reconocen lo que les ocurre, sienten una culpa enorme y, sin embargo, no consiguen modificar su comportamiento. Otras minimizan el problema, responsabilizan a quienes las rodean o reaccionan con enfado cuando alguien les habla de su consumo.
Estas reacciones pueden tener explicaciones diferentes. La vergüenza, el miedo a perder una relación o la dificultad para aceptar que se ha perdido el control pueden contribuir a que alguien evite hablar de lo que está ocurriendo. También pueden existir problemas asociados, como depresión, ansiedad u otros trastornos mentales, que complican la situación.
Por eso, durante una valoración psiquiátrica, no me parece suficiente preguntar cuánto consume alguien. Es necesario comprender qué función tiene ese consumo en su vida, qué intentos ha realizado para abandonarlo, qué consecuencias está teniendo y qué otros problemas pueden estar presentes. En mi página sobre adicciones y su tratamiento psiquiátrico explico con más detalle cómo se evalúan estas situaciones y qué opciones terapéuticas pueden plantearse.
Cómo afectan las adicciones a la pareja y a la familia
Las consecuencias de una adicción no se limitan a quien la padece. En ocasiones, toda la dinámica familiar acaba organizándose alrededor del problema. Pensemos, por ejemplo, en una pareja que empieza a estar pendiente de a qué hora llega la otra persona, si ha consumido, cuánto dinero ha gastado o si cumplirá lo que prometió la noche anterior.
Poco a poco, una relación que antes se construía alrededor de proyectos compartidos puede convertirse en una sucesión de preocupaciones, discusiones y comprobaciones. En otras familias son los padres quienes intentan controlar las conductas de un hijo adulto, prestándole dinero, resolviendo sus problemas o evitando que otras personas conozcan lo que ocurre.
Y cuando hay niños, también es importante valorar cómo les afectan la inestabilidad, los conflictos y los incumplimientos de los adultos. Estas situaciones pueden provocar agotamiento emocional, ansiedad, sentimientos de culpa, dificultades económicas y un deterioro importante de la convivencia.
A veces, los familiares acaban asumiendo una responsabilidad que no les corresponde: creen que, si encuentran las palabras adecuadas, si tienen más paciencia o si demuestran suficiente amor, conseguirán que la otra persona cambie. Pero el cariño de una familia, por sí solo, no constituye un tratamiento para una adicción. Puede ser una fuente de apoyo muy valiosa durante la recuperación, pero no sustituye la implicación de la persona afectada ni la atención profesional que pueda necesitar.
¿Cómo ayudar a un familiar con adicciones sin descuidarte?
Cuando alguien a quien queremos tiene una adicción, es normal intentar ayudarle. La dificultad está en encontrar una manera de hacerlo que no termine perjudicando también nuestra propia salud. No existe una respuesta idéntica para todas las familias, pero sí algunas orientaciones que pueden resultar útiles.
- Habla de comportamientos concretos, no de etiquetas. En lugar de decir «eres un egoísta y nunca piensas en nadie«, puede ser más útil explicar qué ha ocurrido y cómo te ha afectado: «cuando vuelves a beber después de prometerme que no lo harás, me siento insegura y me cuesta confiar en ti«.
- Busca un momento adecuado para conversar. Intentar resolver un conflicto cuando la persona está intoxicada, muy alterada o atravesando una situación de crisis puede aumentar la tensión. Es preferible elegir un momento en el que sea posible mantener una conversación tranquila.
- Evita asumir todas las consecuencias de sus decisiones. Ayudar no significa necesariamente pagar sus deudas, justificar sus ausencias o encubrir situaciones perjudiciales. En ocasiones, estas respuestas terminan manteniendo dinámicas familiares que necesitan cambiar.
- Establece límites que puedas mantener. Un límite no es un castigo ni una amenaza para conseguir que alguien deje de consumir. Es una decisión sobre aquello que estás dispuesto a aceptar y sobre cómo vas a protegerte ante determinadas situaciones.
- Busca apoyo para ti, aunque tu familiar todavía no quiera tratarse. No necesitas esperar a que la otra persona reconozca su problema para recibir orientación psicológica o profesional.
Quiero insistir en este último punto porque me parece especialmente importante. En ocasiones, las familias llegan a sentirse culpables por necesitar ayuda ellas mismas, como si cuidar de su propio bienestar fuera una forma de abandonar a quien tiene la adicción. Y no es así. Se puede querer a alguien, desear sinceramente que se recupere y, al mismo tiempo, reconocer que determinadas situaciones ya no son sostenibles.
Si existen amenazas, violencia o miedo por tu seguridad o la de tus hijos, la prioridad no debe ser convencer a la persona para que cambie, sino buscar protección y ayuda especializada.
¿Cuándo es necesario buscar ayuda profesional?
No hay que esperar a que una adicción haya provocado una ruptura familiar, problemas económicos graves o un deterioro importante de la salud para consultar. Cuando el consumo o una conducta adictiva empieza a interferir en las relaciones, el trabajo, la salud o las responsabilidades cotidianas, conviene valorar qué está ocurriendo.
Como psiquiatra, considero fundamental diferenciar situaciones que, aunque puedan parecer similares desde fuera, requieren abordajes distintos. No es lo mismo una persona que presenta un consumo problemático y todavía conserva cierto control que otra que ha desarrollado una dependencia importante, sufre síntomas de abstinencia o ha tenido numerosos intentos fallidos de abandonar el consumo.
También es necesario explorar si existen otros trastornos psiquiátricos que estén influyendo en la situación. Cuando una adicción coincide con otro trastorno mental, hablamos de patología dual, y ambos problemas deben tenerse en cuenta al planificar el tratamiento.
Según el caso, la intervención puede incluir psicoterapia, tratamiento farmacológico cuando está indicado y seguimiento psiquiátrico para valorar la evolución y las dificultades que vayan apareciendo. La participación de la familia también puede ser útil, especialmente cuando existen problemas importantes de comunicación, conflictos persistentes o dificultades para establecer límites.
En estos casos, la terapia familiar puede ayudar a comprender cómo está afectando la adicción a las relaciones y a trabajar cambios concretos en la convivencia. Su conveniencia debe valorarse individualmente, y no siempre es adecuado reunir a todos los miembros de la familia en una misma sesión.
También hay situaciones que necesitan una atención más intensiva que una consulta ambulatoria. Por ejemplo, determinadas abstinencias de alcohol o sedantes pueden ser peligrosas y requerir supervisión médica. Si aparecen convulsiones, confusión intensa, pérdida de conciencia u otros signos graves, debe buscarse atención urgente.
Y si la persona con adicción rechaza cualquier tratamiento, los familiares pueden solicitar orientación por su cuenta para entender qué opciones tienen y cómo actuar.
Querer a alguien no significa que todo esté permitido
Me gustaría terminar recuperando la pregunta con la que empezábamos: ¿los adictos no quieren a nadie? No podemos concluir que una persona sea incapaz de amar por el hecho de tener una adicción. Pero tampoco deberíamos utilizar esa explicación para restar importancia al sufrimiento de su pareja, sus hijos o sus familiares.
El amor y la responsabilidad no son lo mismo. Una persona puede sentir afecto y necesitar ayuda para modificar comportamientos que están dañando gravemente sus relaciones. La recuperación puede abrir la posibilidad de reconstruir vínculos, recuperar la confianza y aprender otras formas de relacionarse. Pero ese proceso no depende únicamente de dejar de consumir. También requiere reconocer las consecuencias de lo sucedido, asumir responsabilidades y mantener cambios en el tiempo.
Y, en ocasiones, puede que una relación no llegue a recuperarse. Eso tampoco significa necesariamente que haya faltado amor. Si estás viviendo una situación de este tipo, ya sea porque tienes una adicción o porque alguien cercano la padece, podemos valorar qué está ocurriendo y qué alternativas existen para abordarla.
Si sientes que lo que te ocurre no termina de encajar o no estás mejorando como esperabas, una valoración psiquiátrica puede ayudarte a entenderlo y encontrar el tratamiento adecuado.


